domingo, octubre 15, 2006

Bailarines en la Oscuridad

Admiro ahora a través de esta ventana humedecida al inmenso manto gris que entristece al cielo y que sufre las largas horas de calor sofocante. Mientras, el humo que escapa de mi boca inunda el ambiente y hace este día oscuro aún más borroso y amorfo. Siempre me ha parecido interesante cual fue el origen del inmenso deseo del hombre por escapar de su propio cuerpo aunque sea por un instante y observarlo desde fuera, desde otro criterio, detrás de otros ojos, a través de plantas y pastillas. Es un deseo casi insaciable por huir de sí mismo y que usualmente pasa desapercibido, permanece oculto hasta el momento justo en que detiene por un momento su rutinaria vida, baja la mirada, observa su cuerpo y se da cuenta que no es más que una triste jaula de carne, un patético conjunto de constantes necesidades físicas, un montón de costumbres, tan primitivo, tan mecánico… y una desesperación ingenua se apodera de cada neurona por alejarse de todo a lo que pueda llamarse identidad. Es como si todo ser humano se aburriera del conformismo y necesitara en algún momento de su vida desprender su mente de su cuerpo, jugar con ella, moldearla a cualquier otra circunstancia, llevarla a lugares increíbles, alejados, en donde la elección de esos lugares tiene mucho que ver con los anhelos más profundos e íntimos de cada persona. Podría ser algún en algún punto oscuro y olvidado del espacio, alguna extraña estrella en donde sólo haya un intenso frío, o a la cima más remota que jamás haya existido, o al precioso centro azul de alguna llama huidiza, o al fondo del más profundo abismo, en donde las sombras se ofrezcan de lecho y el cielo parezca aún más lejano… es ahí, justo en ese pequeño y generoso momento, en el que la mente por fin huye de aquella triste prisión, disfruta, toma exactamente la forma de ese humo azul que baila en la oscuridad y baila con él y asciende con él… y observa lo patético de ese cuerpo que espera ahí parado como en un trance, con una expresión estúpida, con los ojos vacíos y no podría ser la mente más feliz… y lo manifiesta junto al humo, danzando con los más sublimes movimientos… hasta que en algún momento de esta alegre y reconfortante comparsa, el cigarro termina de consumirse, el carcelero Rutina vuelve del necesario descanso y la jaula vuelve a cerrarse hasta la hora del cafecito.

Andrea Grimaldi.

1 comentario:

Ana dijo...

Hola!! de nuevo yo, dejando mi humilde comentario. Es justo como me siento en estos momentos. Tratar de escapar de la nefasta realidad, la monstrosa realidad, tratar de vivir una vida diferente, simple, sencilla. O simplemente olvidarme de que existo y dejar que mi cuerpo se marchite sin importar lo que suceda a mi alrededor. Y es que es tan detestable vivir cada momento igual que el anterior, tan detestable saber que tu futuro es un destino que no puedes cambiar.
Y es aun peor no poder para el tiempo en el momento justo, ni poder adelantarlo en momentos como estos.
Te cuento que no puedo hablar, que mis susurros son mas inteligibles que mi voz. y de tanto "estudiar" creo que voy a perder.
Bueno, espero verte pronto y hablar.
Tu amiga del alma
Ana Leslie